Cierre

Son las seis y diez, es hora de cerrar el día académico y moverse hacia otras cosas. Mañana todo empieza otra vez: editar el texto para Cant App, trabajar en mi artículo sobre narrativas transmediáticas y paratexto, preparar mi ponencia para DH y para Social Digital, Scholarly Editing,  redactar las guías de transcripción para la Estoria de Espanna, promocionar THATCamp Buenos Aires de modo que no quedemos unos pocos sentados hablando mientras tomamos café (pero ¿qué tiene de malo conversar con algunos colegas sobre HD mientras uno toma un café?).

Eso, claro, mientras respondo a mensajes de correo electrónico, de Facebook (sí, algunos colegas me contactan por FB) y sigo twitter, tratando de no perderme de nada.

Bueno, visto así, parece que tengo mucho que hacer. Mejor pongo manos a la obra y me dedico a las cosas que hago después de horas, así mañana todo amanecerá en orden para comenzar de nuevo.

Ediciones electrónicas: esa página impresa tirada en la pantalla

Hace años, creía (como otros) que las ediciones electrónicas eran el ideal de la crítica textual. El medio parecía sólo limitado por la capacidad humana y no por esas cosas banales como el costo del papel, la impresión o el almacenaje de códices. Tenía, entonces, la intención noble de publicar ediciones que incluyesen todas las transcripciones, todas las imágenes, todas las variantes del texto que trabajaba (Los cuentos de Canterbury por Geoffrey Chaucer). Bajo ese concepto, participé varias ediciones de los cuentos (The Miller’s Tale on CD-ROM, Caxton’s Canterbury Tales) y de otros textos (La divina comedia, Cancioneros, El origen de las especies).

Aunque utilizamos herramientas digitales, la metodología fundamental de la crítica textual no ha cambiado demasiado. Me hace acordar de la charla que impartió Erin McKean, “The Joy of Lexicography,” en la que describe los diccionarios electrónicos  como “página impresa tirada en la pantalla de la computadora.” Erin está logrando realizar la idea de dar autonomía a la página electrónica (autonomía de la página impresa, claro está). Wordnik, particularmente con la aplicación “wordmap,” comienza una revolución en la estructura del diccionario.

Algunas de mis nuevas ideas de presentación las debo a mi clase de Literatura digital y nuevos medios, que me abrió las puertas a un mundo distinto de comunicación digital. iPoe, por ejemplo, ha cambiado radicalmente la forma en la que puedo enseñar Edgar Allan Poe en mis clases de literatura norteamericana.

En este momento estamos trabajando en una aplicación, que llamamos Cant App, para aparatos móviles. La diferencia entre la presentación de Los cuentos de Canterbury en nuestros CD-ROMs y la de esta aplicación es que, por primera vez, nuestra prioridad es el usuario, el lector. Cant App será una aplicación académica, pero su presentación estará diseñada para los lectores del siglo XXI. Nunca más tendremos una página impresa  tirada en la pantalla de la computadora.

Entoces, ¿qué son las humanidades digitales?

La semana pasada estuve en Victoria (Canadá) en el mega-congreso de la federación de las humanidades y ciencias sociales conocido simplemente como Congress. Participé en las sesiones de la sociedad canadiense de humanidades digitales (Canadian Society for Digital Humanities) en un panel junto a Dan O’Donnell (Lethbridge), Peter Robinson (Saskatchewan) y Ray Siemens (Victoria). Uno de los asistentes preguntó sobre el futuro de las humanidades digitales y Dan ofreció una respuesta larga (que no voy a tratar de reproducir) en la que implicaba que el futuro de las humanidades digitales va a estar marcado por cómo se manejen las circunstancias económicas.

Me pareció que la pregunta hecha en voz alta implicaba muchas otras, pero entre ellas, la que me pareció más importante es ¿qué son las humanidades digitales? Porque cuando hablamos del futuro de las humanidades en general, yo me imagino que las humanidades van a ser humanidades digitales. Si eso fuese cierto, entonces no habría necesidad de hablar de humanidades digitales. Pero hablamos de humanidades digitales. ¿Por qué?

Hace veinte años (“dicen los hombres dignos de fe”) no había humanidades digitales. Existía una disciplina a la que llamaban “humanities computing,” que representaba una forma de utilizar ordenadores para facilitar o para hacer más efectiva la investigación humanística. Los que practicaban “humanities computing” tenían amplios conocimientos de programación y desarrollo de software. Es cierto que algunos humanistas digitales también comparten ese conocimiento, pero no es un requisito absoluto poder programar para ser un humanista digital. A menos, por supuesto, que extendamos la noción de programar para incluir lenguajes de codificación o transformación relativamente básicos. No menciono esto como una crítica: jamás me describiría como programadora, pero sí me incluyo dentro de lo que son las humanidades digitales.  Lo que quiero decir es que no me parece que las humanidades digitales sean una disciplina en el sentido tradicional de la palabra.

Hoy, las humanidades digitales incluyen un enorme espectro de humanistas de diversas disciplinas: literatura, historia, arqueología, arte, lingüística, entre otras. ¿Cómo podemos, entonces, hablar de humanidades digitales? Podríamos, tal vez, hablar de historia digital o lingüística digital pero no parece que eso tenga mucho sentido. Y si lo único común entre todas esas disciplinas es el uso de computadoras, ¿eso las convierte en una sola cosa?

Como escribió Susan Hockey a Peter Robinson: “What will they do when everything is digital?” (24 February 2013).

 

Amancer del DíaHD

Michigan es gris esta mañana. Llovió anoche. La tierra está empapada después de haber tragado tanto como pudo. Debería ser un día como cualquier otro. Pero no: hoy es Día HD, día de las humanidades digitales. Y yo ni siquiera estoy segura de que ese nombre sea correcto. Muchas veces me pregunto qué son las humanidades digitales, si es que son algo. ¿No se trata de un paso previo que, al fin y al cabo, terminarán dando todos los estudios humanísticos? Creo que sí, que es eso y que tal vez, en unos años, no tenga sentido hablar de humanidades digitales. Vamos a ver, supongo.

Mientras tanto, mientras todavía me dedico a las humanidades digitales, reviso mi correo donde encuentro un mensaje de Gimena del Río en el que me recuerda que debo enviar notas sobre THATCamp Buenos Aires a Global Outlook:: Digital Humanities y a RedHD. Lo había hecho anoche, pero los servidores de Lethbrige están caídos y hace varios días que no recibo nada de GO::DH.