La provincia digital. Parte I

 

Si el español es un poco la periferia de las Humanidades Digitales (vea el post de Élika al respecto), la provincia mexicana es la mancha verde del mapa, sin calles ni marcas.

Así que para calentar la escritura en el por-mí-tan-difícilmente-practicable-arte-de-postear-en-blogs haré un recorrido de cómo llegue a las humanidades digitales para que acaso el lector no-mexicano/no-provinciano se dé una idea de cómo está el panorama fuera de cualquier lugar que no es el centro.

La historia de las HD en mi vida pueden contar su inicio en una etapa en la que me volví aficionada de una práctica en ese entonces para mí sin nombre. Es decir, en algo que me gustaba pensar también como una lengua híbrida, como el espanglish de los HD-hispanohablantes, como la intersección entre la caja geométrica e infinita de la lógica digital y el ave loca y rara de la literatura y el mito.

¿Cómo ocurrió este acercamiento en una chica de provincias (llámense Guanuajato o Xalapa)?

En parte fue que mi tía Adalia me compró mi regalo de 15 años (una computadora con Internet AOL infinito) a los 13.

En parte fue que mi educación cristiana –la cual implicaba leer la Valera de Estudio con mil referencias cruzadas por versículo, etimologías griegas  y hebreas, índices de palabras claves, mapas, traducciones alternativas y demás– hizo crecer en mí, niña en los 90′s, el deseo de que existieran ediciones digitales, en el sentido literal y naïv: es decir, que al ser tocadas con los dedos hicieran algo (por cierto que, aunque es ocioso decirlo, ahora existen)

En parte fue también que mi amor por la Odisea, la Retórica y mi ñoña necesidad de saber las palabras exactas con las que tal o cual cosa fue dicha, me llevaron a la Biblioteca Digital Perseus de Gregory R. Crane y al diccionario de Etimologías en Línea de Douglas Harper, y en parte fue que la emoción por estos encuentros me hicieron pensar uff necesito aprender esto para emprender iniciativas así en español.

Corona esta lista aliterada, Wikipedia. Por razones que no me cansaré de decir esta enciclopedia es a mí lo que a Borges la Británica. Y algo muy parecido a lo que sintió J. L. B. al leer por azar el volumen DR (de Dryden, druidas y drusos) siento yo cuando pulso el botón del Special:Random o cuando me pierdo en el laberinto infinito de los vínculos (qué linda esa palabra).

Es decir, creo que un regalo oportuno (una computadora) conjugada a la tradición de buscar unir ideas lejanas (como hacen las referencias-cruzadas) sumado al ejemplo de otros antes que yo, preocupados por no sólo unir ideas sino obsequiarlas, hizo que, incluso antes de saber que existían las Humanidades Digitales, sospechara que había una posibilidad muy humana en el universo digital y que yo, quería ser parte de eso.

Y para ser parte de algo no es esencial pero sí importante que ese algo tenga un nombre. Un nombre como mapa del espacio invisible nos permite llegar, ubicarnos, reconocer caminos y compartir rutas. Y si bien en las universidades de muchas provincias en México aún no hay talleres de HD ni han llegado noticias de ese “archipiélago“, el hecho de que exista una forma de desginarlo en nuestro idioma, hashtagearlo (#RedHD, #humanistadigital, #DíaHD) e incluso encontrar proyectos o ideas al respecto en la página de la Red de Humanistas Digitales hace que si bien aún no hemos hemos llegado a las islitas de las HD, por lo menos tengamos la cartografía para encontrarlas.

Sin duda, como dijo Álvaro Baraibar en otro post son “buenos tiempos para las humanidades digitales en español”, y tal vez incluso, buenos tiempos para muchas otras periferias (ejem, #dhpoco).